Sueño de Arce

les enfants

“You remind me of Serge Gainsbourg”. Fue el primer mensaje que recibí, si no recuerdo mal, en la víspera de un viaje a Nueva York, a finales del 2014. Nos conocimos de esa forma tan acorde a nuestros días, en Internet, en ese escaparate de caras y narcisismos que no entiende de sutilezas o de magia. Y sin embargo algo noté en nuestros primeros mensajes diferente a cualquier otro encuentro en mi vida, tanto en persona como eléctrico.  Nos mandamos largos mensajes durante unos días, yo desde Nueva York y ella desde Canadá, y acordamos nuestro primer encuentro al retornar a Londres, en el BFI, a principios de Enero.

Nunca había hecho algo parecido para una cita pero en esta ocasión sentí la necesidad de preparar un regalo para ella. Algo había en aquellos mensajes, en sus palabras, que irradiaba una energía que jamás antes había sentido, por lo que aquel primer encuentro merecía algo especial. De modo que junté en un pequeño paquete una postal y unas fotos de Serge Gainsbourg que había arrancado de un libro en mi trabajo. Inspirado en una mención a Jacques Prevert en una de nuestras conversaciones, decidí ir al BFI con unos minutos de antelación para comprar allí Les Enfants Du Paradis en DVD y poder prestársela.

Inquieto, y con mis regalos ya listos, empecé a dar vueltas en el BFI, de la cafetería a la recepción y vuelta a empezar, así durante unos minutos. Y de repente, a medio camino entre la entrada principal y la entrada a los cines, ella apareció. Un instante que no se me borrará nunca de la mente.

Era más alta de lo que imaginaba. Vestida totalmente de negro, con una extraña elegancia, y con la que aparentaba muchos más que sus 23 años, como si tuviese prisa por parecer adulta. Su pelo tan rubio, prácticamente blanco, brillaba casi incandescente bajo la luz artificial del lugar. Era una belleza rara, única, difícil de describir.

No tardé en darme cuenta de que había encontrado a una persona diferente a cualquiera que hubiese conocido antes o incluso después. Hablaba con calma, con suavidad y mucha dulzura, pero también se mostraba un tanto reservada, indescifrable. Había sin lugar a dudas algo mágico sobre ella, pero también distante. Recibió con sorpresa los regalos, y por un momento parecían haberla dejado sin palabras.

Tras un rato en el BFI fuimos dando un paseo junto al río hacia Gordon’s. Era una fría noche de invierno. No paramos de hablar en ningún momento, de música, cine, arte, de vida. Nos volcamos en la conversación, quizá ya conscientes de que habíamos encontrado a alguien distinto, de que estábamos viviendo algo especial y estaba ocurriendo allí mismo. Podía casi alcanzarse, tocarse, o leerse como un cuento de hadas que había traído la noche.

Bebimos vino en la cálida cueva del Gordon’s, entre sus paredes de roca empañada y iluminados suavemente por la luz de las velas.  El ruido de las conversaciones a nuestro alrededor era casi ensordecedor, y de vez en cuando tenía que inclinarme hacia ella para que me pudiese oír. En un momento dado, empujado por un impulso irrefrenable, me incorporé y le dí un beso, un solo beso tímido en su frente. Ella me miró a los ojos, y en sus preciosos ojos pude deducir una mezcla de apreciación, curiosidad y sorpresa. El tiempo pareció congelarse por una eternidad mientras nos mirábamos hasta que, nervioso y sin saber muy bien qué más hacer, le abracé.

Al salir de Gordon’s caminamos hacia el Soho dirigiéndonos hacia el norte con la intención de coger el metro en Tottenham Court Road. En un momento dado, y de forma un tanto torpe, nos frenamos en mitad de la calle, enfrente de The French House, y esta vez la besé. Parecíamos aturdidos, como sin saber muy bien cómo reaccionar o qué decir cuando nos despedimos a las puertas de la estación de Tottenham Court Road. Concretamos volver a vernos en un par de días.


A partir de entonces, y durante cinco intensos meses, nos vimos prácticamente todos los días. Cuando la conocí ella vivía en una hermosa casa situada en una de las zonas mas exclusivas de la ciudad, en el corazón de Chelsea. Me costaba tanto creer que pudiese permitirse vivir en un sitio así. Su curioso modo de vida me llamó la atención desde el principio. Nunca llegué a tener muy claro durante esos meses a qué se dedicaba, o qué buscaba en Londres, porque no trabajaba en la ciudad. Me fascinaba su belleza y su indescifrable forma de ser, pero esa misma personalidad, impredecible y un poco distante también me impedía sentirme todo lo cercano a ella que yo quería. Veníamos de mundos y educaciones opuestamente distintos, lo cual explica mis dificultades a la hora de entenderla, de comprender sus intenciones, sus motivaciones, sus ambiciones. Y sin embargo, la atracción que sentíamos el uno al otro era tan irracionalmente fuerte, mas fuerte de que lo que jamas había experimentado antes o después.

Su ambición parecía no tener limites y eso me abrumaba. Algunas de sus inquietudes me asustaban. Sus dudas sobre su presente y futuro me llenaban de inseguridades sobre nuestra relación. Una relación en la que nos metimos sin planearlo, llevados por el poderoso impulso de una atracción casi inexplicable, y para la cual ninguno de los dos estaba preparado, pues ninguno de los dos parecía saber muy bien lo que queríamos. Ella a menudo hablaba de interesantes oportunidades de trabajo en Los Ángeles, y ser conocedor de ese peligro, de que cuanto menos me lo espere podría desaparecer, despertaba en mi mecanismos de defensa. Yo había sufrido una ruptura dura tiempo atrás por culpa de la distancia y no podía permitirme otra. La incertidumbre pronto se volvió casi insostenible de modo que a finales de Mayo de 2015, cinco meses después de habernos conocido, decidí terminar. La decisión no estaba exenta de generosidad, pues sabía que de haber continuado, le hubiese frenado de poder hacer lo que parecía evidente que ella necesitaba, que era estar en Los Ángeles por lo menos una temporada.  Simplemente, no parecía que fuese el tiempo adecuado para ambos y uno de los dos tuvo que actuar.

El último día, mientras le veía desaparecer en aquel taxi en Finsbury Park, despidiéndose con lagrimas en los ojos, sabía que todo era una cuestión de tiempo. Que volveríamos a encontrarnos en otro momento, quizá otro momento equivocado, pero lo haríamos. Yo la quería inmensamente. Y sabía que nuestra historia no había hecho mas que empezar.

Enrique Lozano – Los Iberos

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Enrique Lozano (izquierda).

A principios de mes nos dejó Enrique Lozano, uno de los pioneros de la guitarra eléctrica en España y miembro fundador de Los Iberos, uno de los mejores grupos del pop español de los 60. Tuve la gran alegría de charlar con Don Enrique a través de Internet hace unos años. nos intercambiamos varios mensajes en los que pude expresarle mi gratitud y admiración por la música de Los Iberos. Gracias Don Enrique.